IV

Intervención urbana

179, 36 metro cuadrados de ciudad
Detalle
Vista noctura (Fotografía de M. Lorenzo)

179,36 M2 DE CIUDAD

La palabra “ciudad”, en su origen etimológico latino civitas, abarca tanto el concepto originario de “conjunto de ciudadanos” unido al sentido de convivencia civil, como el concep- to adquirido por extensión de lugar de residencia de los cives. De hecho, en la cultura clásica la civitas como cuerpo social es distinta de la urbs, palabra con la que se significa la realidad física de lo construido. En la cultura occidental, la ciudad asume, pues, un doble significado. Asume tanto el sentido de una realidad colectiva que reúne una población en torno a una serie de vínculos constitutivos, como el de comunidad urbana, es decir, como lugar de asentam- iento propio de un colectivo entendido como espacio físico, jurídico, económico y social. En definitiva, desde su sentido clásico, la ciudad tal y como hoy la entendemos se ha dado en el distinguir por un lado lo simbólico-constitutivo de la existencia del hombre y, por otro, su materialidad inherente. Lo primero, “la ciudad como civitas” atiende a la necesidad de enten- dimiento. En su naturaleza social cabe disponer en el hombre la elaboración del sentido de su existencia. Lo segundo encuentra su justificación primigenia en la necesidad de supervivencia. El hombre enfrentado a un mundo que se le presentaba como una amenaza tuvo que armarse contra él para poder garantizar su permanencia. Entre esta naturaleza etérea de necesidad de verdad en el habitar y la terrena de cobijo se sitúa la ciudad.

Si esto es así, hemos de reconocer que a lo largo de nuestra dilatada historia urbana se ha potenciado la diferenciación de esta duplicidad interna del concepto de ciudad. Tan es así que apenas hoy cabe la pregunta del habitar en la ciudad sin tener que dar cuenta de las mismas lógicas que dan lugar a la urgencia de la pregunta. Respondiendo a mecánicas puramente fun- cionales, de rentabilidad comercial, de mejora y acondicionamiento, así como cada vez más sometido a una problemática de pérdida de espacio real consecuencia de la aglomeración, el espacio público en la ciudad ha cesado de proporcionarnos sentido para nuestro habitar y ha quedado hipotecado únicamente por nuestras demandas individuales y materiales. Ha pasado a constituir una especie de segunda naturaleza, tan obtusa y oscura como de la que partimos, tan amenazante incluso.

Esta lógica, que ya no aporta sentido, se impone en el urbanita en todas sus facetas. De- termina su movimiento, orienta formas de estar y ver. De suerte que, aquello que no se atiene a esta rígida ley es recluido, relegado al olvido. Se da, pues, la paradoja que el urbanita dis- curre complacido de estímulos visuales –oportunamente suministrados por las solícitas corpo- raciones publicitarias- en la urbe, atento y perspicaz, en tanto que ignorada atraviesa la ciudad ciegamente. Y es que si algo caracteriza nuestra modernidad es ese carácter paradójico que da a la vez que resta.

De tanto en tanto, emergen lugares en la urbe que se erigen como testigos supervivientes del movimiento inmanente de la ciudad. Testigos, estos, de un fratricidio. Restos, proyectos fallidos, accidentes geológicos, descampados… son aislados mediante vallados y convertidos en puntos muertos, vaciados de sentido efectivo. Han quedado al margen. En su cerrazón, en su persistir ajeno a lo que lo rodea, sufren empero el rechazo infranqueable de la urbe. Y, a la par, es por su enajenación de lo urbano que pueden constituirse como quiasmo en la ciudad. Tomados a modo de reductos se entrelaza su historia propia con la evidencia de su ostracismo. Este carácter de diferencia es lo que les confiere potencial de resistencia.

En estos lugares es donde algo así como un arte público puede reclamar un lugar en la ciudad o, incluso, para la ciudad. Bajo una obligada tensión crítica entre autonomía y heter- onomía, una intervención artística en el espacio urbano ha de responder simutáneamente a la lógica de la que parte (si no quiere caer en la banal estetización) y ha de negarla (si no quiere caer en la mera reproducción cómplice). Abordar un proyecto para el espacio público supone la revisión de criterios como la funcionalidad, el decoro, los límites de lo público y lo privado, la dialéctica entre lo natural y lo artificial… Pero no puede únicamente negarlos. Están ahí. Pertenecen ya inmanentemente a la urbe. Habrá pues que tomarlos para alejarlos. ¿Y cómo mejor que rescatando lo que ya está pero no se muestra?

Sostenido por este marco de reflexión y percepción de la ciudad, nuestra propuesta para el campus propone intervenir uno de estos espacios cancelados por la lógica de la urbe. De suerte que, en tanto que reducto marginal funcione como síntoma potencial de la ceguera con la que nos movemos por el espacio público. Así, por analogía, la propuesta busca poner de manifiesto aquello que se nos vela por nuestra mirada condicionada de lo urbano, traerlo a la luz y presentarlo en su valor patológico. Tanto espacios excluidos como a los que hacemos mención, como tantas otras cuestiones relacionadas con nuestro discurrir urbano, quedan en el plano de la inconsciencia colectiva, son rechazados por la evidencia a la par que se enquistan por ignorados. Se trata de rescatar eso que aunque teniendo un papel marginal dentro de la estructuración urbana y colectiva, encierra una entidad de diferencia y/o individualidad.

La intervención responde, en primer lugar, a la realidad del propio recinto. Se trata de cercar un recinto de alrededor de 180 m2 próximo al cruce entre la calle Ramón Llull y la Avenida de los Naranjos recubriendo las vallas originales con planchas de aluminio. El hecho de estar vallado y la desmesura de la vegetación que acoge –significativamente diferenciada respecto de su entorno- le confieren un carácter de abandono y al mismo tiempo de lugar de vital exclusión, carácter que queremos aprovechar al rescatar el volumen que excede la or- togonalidad impuesta. En estos puntos, donde la salvaje vegetación desborda los límites, las planchas de aluminio se deformarán, adaptándose.

El carácter dual –paradójico decíamos- de lo urbano guiará la intervención a modo de leit motiv. Desde el punto de vista de la visibilidad, el lugar quedará puesto en evidencia por la intervención al mismo tiempo que por las cualidades del aluminio quedará difuminado, recogiendo con sus reflejos el entorno que otrora le rechazó. Desde el punto de vista de la fun- cionalidad, se respeta los tramos de escalera de la especificidad original del lugar (inicio de la pasarela ya destruida que permitía cruzar la calle Ramón Llull), negando a la vez su función primera. De igual manera, se jugará con el contraste entre su efecto diurno con el nocturno. En efecto, cuatro focos fluorescentes de mercurio de 600w harán que aquello que constituye el límite quede dicotómicamente planteado como abertura o como cierre, bien sea de día o de noche. Por último, la separación de 10 centímetros entre cada panel da pie a establecer una diferenciación en las escalas de la experiencia urbana. Así, un peatón podrá interactuar con el interior vallado, cuando la rápida circulación automovilística apenas si se percatará. Y, de nuevo, siendo el espacio derivado del tiempo, la situación se invertirá de noche.

En definitiva, por un lado, se establece una crítica interna a las lógicas de la urbe y por otro se ofrece una nueva realidad que abre la reflexión hacia la necesaria revisión de nuestro habitar urbano. Como se ha señalado, la funcionalidad, la visibilidad, la temporalización o la escala de lo público son traídas aquí con el fin de dar forma a su determinidad actual. Es este un intento de estimular la atención del ciudadano hacia la experiencia del lugar más allá del mero transitar ciego del urbanita. Es este un intento de sugerir y no de imponer. Es este, o así esperamos que pueda verse, un trocito de 179, 36 m2 de ciudad.

Alberto Rubio y Aixa Takkal